domingo, 29 de mayo de 2011

Acerca de la biblia estadística


Dentro del proyecto que fundamenta a esta institución se afirma que la misma procura recrear un lugar donde, en primera instancia, a cada uno se les restituya el lugar de sujetos. Un lugar en el cual se prescinda de aquellos diagnósticos que los nominan e imposibilitan y acallan, para pasar a ser SUJETOS DE DESEO Y DERECHO. Derecho de reconstitución subjetiva y deseo de ser y hacer.
Lejos de explorar todas las implicancias del proyecto, nos atenemos, a continuación, sólo a una de sus aristas. Se trata de acercar al lector algunas referencias que consideramos de interés para abordar críticamente las distintas formas por las que se traza y diferencia lo normal de lo patológico.
         Cabe aclarar que nos abocamos a lo que se considera científico, con todo el peso legitimador que ello conlleva.
Ningún otro libro de referencia en el ámbito de la salud mental es tan empleado por los profesionales como el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM) creado por American Psychiatric Association  (APA). El fundamento del mismo ha cambiado notoriamente desde su aparición, ya que tanto en su primera versión del año 1952 como en la segunda del año 1968, el DSM presentaba una organización que mostraba una fuerte influencia del psicoanálisis (sus principales ejes eran: neurosis, psicosis, y trastornos de la personalidad), la cual se correspondía con la perspectiva de quienes, por entonces, ejercían el poder dentro de la APA.
 Bajo la dirección de Robert Spitzer el DSM III apareció en su nueva versión de 1980 y prometía –de acuerdo a sus creadores- una sólida base científica basada en la detallada metodología para hacer las evaluaciones. Luego de esta edición el manual estadístico se ha transformado en la referencia diagnóstica de muchísimos profesionales de la salud, para así convertirse en lo que Herb Kutchins y Stuart Kirk llaman, en su libro Making Us Crazy (1997), la Biblia psiquiátrica. De acuerdo a los autores, parte del poder de este libro reside en el intento de diferenciar, por un lado,  los trastornos mentales de otros problemas humanos; y por otro lado, responde a un reclamo de jurisdicción profesional de la APA, que tiene por fin ampliar el alcance del ámbito de competencia [expertice] de la psiquiatría.  
Más allá de la generalizada aceptación e impacto del manual, los autores se proponen mostrar que su precisión científica es cuestionable.  Así en el mencionado libro identifican distintos ejes a partir de los cuales se sitúa su crítica.  Entre ellos Kutchins y Kirk señalan que la clasificación propuesta redunda en un  incremento de la patologización de cada una de las conductas cotidianas, llevándolas al terreno de los desordenes psiquiátricos y propias, por lo tanto, de la competencia médica.  
Asimismo el manual está influenciado por una jerarquía psiquiátrica interesada en ampliar la cobertura de los seguros médicos y la expansión del mercado de los medicamentos psiquiátricos, facilitada notablemente por el aumento de personas que pueden ser definidas como teniendo un trastorno mental, las cuales deben ser tratadas con sus medicamentos. Esta influencia puede verse también financiamiento a investigadores y la contribución directa al desarrollo del DSM y otras investigaciones como las derivaron en la creación de la Prime MD (conocida como entrevista de Evaluación de los Trastornos Mentales en la Atención Primaria).
Esto lleva a los investigadores a preguntarse ¿De acuerdo a qué lógica y qué circunstancias una conducta cotidiana es transformada en un síntoma de trastorno mental?  Los autores señalan que para responder a esta pregunta es necesario tener en cuenta las luchas de poder dentro de la APA, ya que las sintomatologías propuestas para cada trastorno dependen del acuerdo alcanzado en la comisiones especializadas, y por lo tanto de sus posicionamientos políticos y éticos.
De este modo Kutchins y Kirk  se proponen mostrar, por medio de ejemplos emblemáticos, que la construcción del DSM presenta serios problemas debido a que su desarrollo no responde estrictamente a un criterio científico.
Uno de esos ejemplos emblemáticos, es la disputa pública acerca de la génesis y el posible tratamiento de la homosexualidad, la cual se enmarca en la lucha en EEUU de los psicoanalistas contra los psiquiatras. Estos últimos luchaban, en los 70’, por una renovación del DSM en la que se dejaran de lado los criterios psicoanalíticos, y la disputa sobre la homosexualidad fue una forma que encontraron para lograrlo. 
Como consecuencia de esta lucha, la influencia de los psicoanalistas postfreudianos en las clasificaciones del manual empieza a desaparecer a fines de la década de 1970. Esto es precipitado por el auge del movimiento gay en EEUU que cuestiona la valides de la inclusión de la homosexualidad como una de las desviaciones sexuales. Una de las primeras protestas de los activistas se focalizo en el tratamiento psiquiátrico de la homosexualidad, reclamaban que se tenga en cuenta las opiniones de aquellos que no consideraban a la homosexualidad como una patología.  Esto derivo, por un lado, en el tratamiento del problema de la valides de los diagnósticos en las convenciones de la APA a partir de 1971, y  por otro, en la inserción dentro de comisiones clave de la asociación de quienes apoyan el reclamo. Entre ellos estaban quienes más tarde formarían la asociación de psiquiatras gay.
Kutchins y  Kirk  hacen una detallada descripción de esta contienda que tendría su punto más álgido en los años 1973-1974 cuando luego de un referéndum entre los miembros de la APA se decido retirar a la homosexualidad de la lista de enfermedades. Es en ese periodo que quienes se mostraron favorables a la desclasificación de la homosexualidad lograron el apoyo de los activistas para acender en la jerarquía de la APA, y de esta forma desterrar al psicoanálisis (en su versión norteamericana) del manual.
Sin entrar en consideraciones respecto a la homosexualidad o cuestionar la indudable legitimidad de los reclamos por la ampliación de derechos civiles, los autores destacan que la forma de abordar el problema por parte de la APA muestra la discrecionalidad de su proceder. Y describen además cómo lo contrario también se cumple, es decir que a la hora de clasificar o incluir a diversas conductas como trastornos no prima el criterio científico.  
Los autores destacan cómo el efecto político de esta lucha  produce una nueva conformación en la jerarquía de la APA, lo cual tiene una consecuencia clínica fundamental: el concepto de trastorno mental. Este concepto es el criterio fundamental para la clasificación de las patologías cuyos resultados son visibles a partir de la tercera edición del manual que elimina el término neurosis  e introduce un enfoque descriptivo no teórico que –según declaran sus desarrolladores- supera las disputas conceptualesKutchins y  Kirk  destacan el papel de Robert Spitzer quien forjo una nueva metodología basada en el concepto de trastorno mental pensado como un subconjunto de los trastornos médicos.
Cabe destacar que la definición de trastorno mental pone el acento en la idea de que algo interno del individuo no anda bien, ya que hay una disfunción que causa malestar. Si se entiende a la función como un mecanismo del organismo que naturalmente debe operar de cierto modo, puede entonces pensarse que la disfunción implica una falla en aquellos mecanismos que deberían haber funcionado. De esta forma la noción de disfunción depende de lo que se considere como un criterio válido a partir del cual algo se clasifica como una falla. Para algunas cuestiones las respuestas pueden ser simples. Para que en el caso de los mecanismos mentales se pueda establecer una disfunción habrá que establecer previamente cual es su funcionamiento natural, tarea en la cual se mezclan toda clase de prejuicios.
De esta forma, al definir así al trastorno se intenta incluir alguna noción  sobre la patología interna que causaría las conductas sintomáticas, pero no se conceptualiza a la disfunción en sí, eso queda en manos de la época, del médico, del psiquiatra, del psicólogo y del poder que estos representan. Poder que –retomando a Foucault- despliega un régimen de verdad a partir del cual es reglamentada como se pueden distinguir los discursos verdaderos de los falsos.
Puede afirmarse, entonces, que la historia de transformación de los límites a partir de los cuales se establece lo normal y lo anormal  es la historia misma del DSM en su lucha por ganar credibilidad, afirmar su poder  dentro la medicina y mantener el dominio médico sobre otras profesiones dedicadas a la salud mental.  
Queda, entonces, por abordar la novedad introducida por el psicoanálisis respecto a esta vertiente de la clínica psiquiatrita. Quizá una vía se abra al considerar –junto a Paul Bercherie-  los fenómenos psicopatológicos bajo una perspectiva que considera su significación subjetiva, y lo cual lleva a considerar la observación clínica, centrada sobre la morfología externa de los fenómenos, como formal y estéril, incluso alienante.



Si bien el libro que acabamos de comentar brevemente no se encuentra editado en español, ponemos a su consideración algunas referencias más junto a una escena de Easy Rider, una película que marco época y nos muestra otra perspectiva de la problemática planteada.

Michael Foucault: Los Anormales


Paul Bercherie: Los fundamentos de la clínica


Allen Frances: Opening the Pandora`s box 


 Revista Colofon 26: Una araña en el techo


Casimiro Cabrera-Abreu: Comentario del libro: Making Us Krazi 






   
Agregamos ahora otro vídeo que circula actualmente bajo el lema Stop DSM. En el mismo se muestra de forma más directa que la escena del film otras consecuencias de adoptar dogmáticamente una referencia en base a la cual se diferencia lo normal de lo anormal. Insistimos con una idea: la referencia (el manual estadístico) se tilda a sí misma como científica pero en realidad sustenta prejuicios y valores propios de la época.



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